A los cinco meses de estar en México pasé la noche de muertos en Pátzcuaro, Michoacán. En el centro del lago que acompaña la ciudad, hay una pequeña isla llamada Janitzio, donde la  noche del 1 de Noviembre se concentran  los familiares de los antiguos pobladores del lugar y la presencia de los curiosos que nos acercamos por allí.

Aquella noche fue impactante, una excursión emocional, pues caminaba sin encontrar mi lugar, en un cementerio, donde todo estaba a rebosar de gente, velas, y emociones… había música por doquier, que se entremezclaba formando un caos sonoro donde todo cabía… la gente lloraba y reía, hablaba, ¨platicaba con sus muertitos¨, también les  cantaban o ponían la música que les gustaba, y compartían sus comidas favoritas…  Los muertos estaban vivos y los vivos estaban muertos por un trance de tiempo donde no podías permanecer ajeno  y a veces nadabas, o te ahogabas, porque la muerte y la vida para nosotr@s no van nunca de la mano, son opuestas e irreconciliables…

Años después, en la Sierra Mazateca, donde vivía con Blanca en una cabaña en las montañas, asistimos a una nueva noche de muertos en Huautla de Jiménez. Allí conciben los días en torno al 1 de noviembre, como una encrucijada en el tiempo, por donde la Tierra a través de su cordón umbilical, permite el regreso de los muertos para reencontrarse con sus familiares.

Esos días, las calles son recorridas por Huehuentones, “La gente que brotan del ombligo de la Tierra”, seres que vienen del inframundo a convivir, bailar y cantar con los vivos… El día empieza como un juego donde los Huehuentones juegan y cantan por las calles, con la banda de música que los siguen, y hacia la noche la cosa transciende ya, pues mirarles a los ojos y aguantarles la mirada, supone un desafío y un encuentro de frente con la muerte como fuerza arquetípica que ocupa su espacio de una manera clara y colectiva en esos días en la que se le convoca y acepta como parte del proceso de vivir, de recordar de dónde venimos, y de ver o intuir hacia donde nos encaminamos mientras nos quede tiempo, que ante la muerte, es solo presente…

Por la noche, el pueblo se reúne en el cementerio con una imagen parecida en lo que está sucediendo en todos los rincones del país. Como noviembre está dentro de la estación de lluvias, las tumbas están techadas, y si llueve, no hay problema porque  el espacio de tierra  donde yacen los familiares se transforma en una nave de recuerdos y memoria que puede sortear el mal tiempo.

A los 3 días, los Huehuentones son los encargados de cerrar el ombligo creando espacio entre la vida y la muerte, pero dejando la sensación que ambas son  expresiones  complementarias de lo mismo:  inhalar y exhalar.

El legado del México antiguo establece el mundo como en un trigrama chino tan bien representado en la diosa prehispánica Cuatlicue:

  • el inframundo, la región de lo inconsciente, los antepasados y la muerte
  • La Naturaleza, el nivel en el que vivimos
  • el Cielo, el mundo de las imágenes, de la energía y el Nagual (todo lo que no entra en la descripción del mundo)

A veces me parece entender desde este prisma vida/muerte, la inmediatez con la que se vive todo en México –vivir intensamente el instante- tiene que ver con esta conciencia presente de que la vida es ahora, de que no sabemos cuánto nos queda aquí, y por tanto, replanificar el momento no es un problema, fluir con el día sin tomarse muy en serio el planing, dar espacio a la sorpresa y el encuentro con lo inesperado… y el chile que todo lo intensifica… que no mata, pero a veces, casi..

Tener conciencia de esta finitud, de que cada minuto cuenta, del misterio con el que enfrentamos la vida y el tiempo que nos queda, es una preciada aportación de la cultura mexicana para clarificar prioridades y tener una vida acorde con tu corazón.

Los antiguos mexicanos diseñaron estrategias de atención e intención para comunicar los tres niveles en los que se expresa la vida, y la noche de muertos, es un descenso colectivo hacia Mictlán, la profundidad de la Tierra que permite el reencuentro con los antepasados y la muerte.

José Manuel Chica

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